Relato #2

Problema mental

 

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«—No sirves para nada, Dalia; piénsalo, ¿a alguien le importaría si te murieses?»

Me desperté, esa frase me había atormentado toda la noche, junto con una secuencia de imágenes; mi cerebro no paraba de luchar para enterrarlas con los demás “pensamientos oscuros”; al fondo, para no poder recuperarlos.

«—¿Puedes hacernos un favor? Suicídate.»

Enterré las uñas en las sábanas. “No quiero volver a recordad, por favor.” Vaya, incluso mis pensamientos suenan patéticos. Me levanté, y observé con recelo aquel cuarto; unos lo llamarían luminoso, otros demasiado minimalista, quizá aburrido. Yo lo odiaba, pero me gustaba mantener apariencias; ¿quién sabe? A lo mejor así no saben como realmente me siento.

«—No quiero estar contigo, ¡nadie te quiere estúpida!»

Agarré el marco del baño contiguo a esa habitación blanca. “Venga, tú puedes” Vanos intentos. Llegué al espejo, dispuesta a lavarme la cara; mas, no quería establecer relación con él. Mis intentos fracasaron: no podía parar de observar con asco aquella grotesca figura.

Labios muy pequeños, ojos diminutos, pelo enmarañado y encrespado, cara llena de espinillas, incipiente entrecejo, piernas que echaban en falta la depilación… Lo que más miraba no era todo eso, era mis horripilantes carnes que parecían aparecer por todos lados. No lo soportaba, no quería volver a ponerme medias que explotarán o coger la talla grande pantalones; mi cuerpo era asqueroso, todo el mundo lo sabía, incluida yo.

«—¿Seguro que no romperá la silla, la gorda esa?»

Una lágrima pasaba por mi rostro graso y acabó cayendo por mi barbilla. “Basta. Todo mejorará” Empecé a asearme, miraba el espejo, esperando que cambiara. Hice memoria con el antes y el después: sólo tenía menos brillo facial y el pelo desenredado, aunque igual de encrespado. Mi mano pasó vacilante cerca de la cuchilla de afeitar que birlé, ¿qué tal una marca más?

«—¿Qué vas a hacer? ¿Cortarte las venas hasta que te tenga pena? Llegas tarde, cariño»

Tres. No más. Me agradaba el tres; mentira, siempre lo he odiado. “Mejor cuatro marcas, ¿alguien notará la diferencia?” Recompuse la cuchilla y la guardé en su oscuro escondrijo. Salí de nuevo a la habitación, al menos no había espejos. Cogí la primera pieza de ropa de los respectivos montones, de mis estantes divididos en: pantalones y camisetas. “¿Alguien sabrá que es mi favorita?” Siempre creo que alguien, finalmente, se interesará por mí.

«—Mejor no como más, no vaya a acabar como tú.»

Sigo el camino, mientras restriego mis ojos que pican, que me sé de memoria hacia “la aula crema” (denominada, por mí, así debido a su color). Todo está igual que cada mañana.

«—No he pedido que me des excusas, sólo dame tus zapatos. Son demasiado bonitos para alguien como tú»

Recuerdo la vez que caminé devuelta descalza, me clavé un pequeño trozo: dolió mucho quitármelo.

No quiero repasar cada uno de los pensamientos que tuve de camino a aquel “pasillo del infierno”, le llamo yo. Intenté cruzar: con la cabeza gacha, callada, esquivando los cuerpos ante mis puestos. Pero, como de costumbre, allí estaban los tres: un chico rubio y otro pelirrojo, con una chica morena. Al parecer, lo que hacían no tenía ni un ápice de importancia para todos y cada unos de esas buenas personas.

—Mirad, quién llegó.—me señaló Xavier.

—Pero, ¿qué ven mis ojos? Si es la gorda de Dalia.

—Nuestra bicho raro preferida, ¿sé puede saber que te has puesto? Es espantoso.—rio Vanesa.

Miré mi oscura indumentaria, tenían razón era patética. “¿Cómo pude ponerme algo así? Está claro que a los demás no les gusta.”

—Venga, no seamos tan malos con la pobre… No vaya a ser que ya no le quede espacio en las muñecas—burló Nicolás.

Me quedé hay parada, en mitad de un pasillo. “¿Es que nadie escucha lo que me dicen? O es que nadie le toma importancia.” Miré a los tres: tenían el físico del adolescente que todos queremos ser. “¿Por qué? ¿Por qué a mí? No hice nada malo.” Ojalá pudiera desaparecer, irme de allí y no volver; mas no podía, era muy cobarde.

—Ojalá se fuera y nos dejara en paz—rio Xavier mientras todos se daban la vuelta hacia la “aula crema” le digo yo.

Podía escuchar sus risas incluso dentro de aquella sala. “Yo quiero reír” Me gustaría no sentir este nudo en el estómago y ese vacío en el corazón. No podía, pero aún así quería reír. “Genial. Ni siquiera puedo ser un prototipo de adolescente solitaria. Normal que nadie me quiera.” Caminé con los pies temblando bajo mí; “como me pueden siquiera temblar las piernas, son demasiado voluminosas para ello.” Crucé la puerta, el panorama era similar al de otros días:

Las sillas puestas en círculo, menos cuatro: tres a la izquierda y una a la derecha. La luz entraba con tal fuerza que deslumbraba, y se reflejaba en los muebles, repletos de libros aburridos, blancos. Una adormecida Doña Aranda organizaba unos papeles, ignorando a los trío alborotado de chicos que estaban solos a la izquierda. “¿Cómo puede ignorarlos de tal modo? Ese no es su trabajo”

—¿Dalia? Llegas temprano.—musitó Doña Aranda—Perfecto. Necesito que me custodies estos papeles. Vuelvo en cinco minutos, gracias.

No dije nada, me limité a observar como se iba, cambié mi mirada hacia abajo mientras mis piernas iban silenciosamente hasta su escritorio. No soportaba las miradas despectivas que taladraban mi ser sin piedad alguna, mientras escuchaba sus susurros y débiles risas. “No puedo más. Soy demasiado patética para mi existencia.”

—Hola querida Dalia, ¿nos dejas ver qué es esto? Gracias.—Nicolás habló con aire sarcásticamente amable. No pude hacer nada, se pusieron alrededor mía.

—Venga, míralos.

—¿Quieres ser siendo así? Ábrelos.

—Diviértete, no seas tan mojigata.

—Creo que no nos entendiste. Te dijimos cortésmente que los leyeras.

—Eso. ¿Nos vas a retar?

—Me aburro—se quejó Vanesa arrastrando la última sílaba

—Mira: o haces lo que te decimos o lo pasas francamente mal. Decides.

Les lancé una mirada atemorizada, ¿qué me harían? “Tengo miedo. ¿Qué pasa si abro los papeles? No moriré. Pero habré desobedecido a alguien. Los voy a abrir, lo siento Doña Aranda” me disculpé en mis pensamientos. Lo cuál es jodidamente estúpido nadie escuchará mis lamentos.

Le di la vuelta a la primera carpeta para leer su portada: Expediente A-2459, tenía escrito a letra cursiva. Lo abrí y leí.

«Número expediente: A-2459

Paciente: Dalia Pozos Utrilla.

Edad: 17 años

Sexo: Mujer

Fecha: 23/09/2015

Diagnóstico:

La paciente padece una temprana esquizofrenia; además, sufre anorexia y se autoflagela. Según resultados de las pruebas con tiopentato de sodio, la paciente dijo: soy humillada y denigrada por tres individuos, que parecen ir dónde ella vaya. No puedo vivir así, ¿por qué nadie me ayuda?

Historial médico-familiar:

Divorcio de los padres y humillación por parte de él. A los catorce años, se partió el fémur izquierdo: se tiró desde su balcón del primer piso; según ella la tiraron.

Observaciones sesiones semanales:

1º semana: la paciente se muestra reacia a comunicarse con los demás del grupo. Será mejor empezar por las sesiones individuales la próxima semana. Se ha pillado con cuchillas en su cuarto, dice que le tendieron una trampa; no dice quiénes.

2º semana: Dalia mantiene su postura callada y reservada, raramente habla. Su postura y expresión denotan molestia, miedo e incomodidad. Dalia no responde cuando le preguntó sobre ello. La próxima semana empezaré con la sesiones administrándole suero de la verdad.

3º semana: Dalia presenta una clara esquizofrenia. Según ella tres chicos de su edad, perfectos a su parecer, la persiguen incluso en sus pensamientos; dice no entender porque la gente no les llama la atención. Le pregunté dónde se encontraban en ese momento: dijo que al detrás nuestra. Dalia les tiene miedo, dijo que incluso una vez la empujaron por su balcón; y que por eso está aquí. Se notaba que busca desesperadamente que alguien se interese por ella, a la vez, piensa que no se merece a nadie. Me contó sobre su aspecto: lo odia. Señala repetidamente sus “asquerosos kilos demás”, y que odia mirarse al espejo. Claramente, padece anorexia nerviosa: la puse en frente de un espejo y sólo me detalló el contrario de su cuerpo normal.

4º semana: Dalia está horrorizada por lo que me ha podido contar. La raíz de su esquizofrenia es todavía desconocida; a veces mira a los lados o suelta lágrimas o se tapa los oídos, dice que soy una egoísta al no hacer nada por ayudarme. La semana que viene, empezará en el grupo de apoyo, necesita mejor su inserción social.

Otros datos:

El psicólogo infantil al que asistió de pequeña, se mudó porque decía que no soportaba escuchar lo que le decía. En su carta de suicidio, dijo que ella le incidió a hacerlo.»

Miré a los tres chicos a mi lado y a Doña Aranda.

—No pude ser cierto. No puedo estar loca.

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Todos los derechos reservados ©

Registrada en Safe Creative.

Prohibida su copia total o parcial.

 

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Miss Imperfect xxxx 

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